De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2011), cada año aproximadamente un millón de personas muere por causa de suicidio, lo que indica una tasa global de mortalidad de 16 por 100.000; es decir, una muerte cada 40 segundos (Schmidtke et al., 1996; Hultén et al., 2000).

Según la entidad, el suicidio ha aumentado en un 60% en los últimos 45 años, por lo que se ubica entre las tres primeras causas de muerte en personas entre los 15 y 44 años (en algunos países), al tiempo que se constituye en la segunda causa principal de defunción en personas entre los 10 y 24 años. (Carmona, 2015.P 33-47) y en las 20 causas de defunción más importantes de todas las edades a nivel mundial.

En Chile, se suicidan 5 a 6 personas al día, lo que representa 2% del total de las muertes (MINSAL, 2011). Chile se encuentra entre los países miembros de OCDE con mayores tasas de suicidio; 13,3 muertes por cada 6.000 habitantes (MINSAL, 2013). En el año 2010 la Región del Maule alcanzó una tasa de suicidio del 11,8% por cada 100.000 habitantes (MINSAL, 2013).

Con los datos precedentes, la reflexión siguiente se plantea con la convicción de que todas las acciones profesionales, académicas y comunitarias, en que participemos con el fin de hacer visible el tema del suicidio en nuestras comunidades, contribuirá a profundizar en un dialogo preventivo necesario, que hasta hoy, ha sido persistentemente eludido o llevado a noticia especulativa y porque no, con cierta morbosidad cuando ocurre.

  1. Durkheim en su trabajo científico explicó el suicidio a partir de entender el comportamiento individual dentro de un contexto social; llegó a la conclusión de que las tasas de suicidio de una sociedad reflejaban el grado de integración de las personas en la vida grupal de la sociedad (Schaefer, 2006, p. 8). Esto equivale a decir que el suicidio tiene sus manifestaciones propias en cada sociedad, determinando los cambios y momentos históricos (Carmona, 2015.P 33-47).

Siguiendo el planteamiento anterior, propongo una mirada transversal, que trascienda a las generaciones, a la edad cronológica, a los distintos géneros y la condición socio-económica, hay una perspectiva psico-social y cultural que tal vez aporte. Desde la mirada de Durkheim, el enfoque sociológico busca investigar los fenómenos sociales a partir de una tendencia racional en cohesión con la sociedad; por eso, el suicidio entra en la lista de hechos sociales de la realidad, lo que conduce a evaluar y estudiar esta problemática a partir de una comprensión holística, dinámica e integral de las comunidades. Se entiende así que el fenómeno del suicidio cambia de acuerdo con las transformaciones de la sociedad.

En relación a ello, cito a Bourdieu quien plantea el concepto de violencia simbólica “una violencia invisible, soterrada, subyacente, implícita o subterránea, la cual esconde la matriz basal de las relaciones de fuerza y poder, que están bajo la relación en la cual se configura actualmente la vida cotidiana” (Bourdieu,1970). Históricamente encubierta, las manifestaciones humanas de violencia consistentes en discriminaciones, descalificaciones, humillaciones, atribuciones de género que desestiman las capacidades de las personas, en tanto seres humanos. Es a aquella violencia, que se recibe en el mundo de vida cotidiana actualmente, camino al trabajo, en el trabajo, en la escuela, en los hogares, en los grupos familiares, a la que quiero dedicar este espacio; un tipo de manifestación oculta que no deja evidencias y que tiene por agresor, por lo general, a un perfil inseguro, narciso e incapaz de valorar y legitimar a otra persona.

¿La pregunta entonces es que se hace con esa realidad? ¿Estamos frente a causas (entre otras) de los suicidios? En este siglo XXI la violencia es indirecta, pasiva y frente a ello deberemos unir fuerzas para atrevernos a develar no solo la violencia intrafamiliar, de pareja, sino la del trabajo, la de la escuela, la de la calle; con la que se convive a diario y que pareciera no existir. Se le resta credibilidad o por temor no se denuncia. Se clasifica como enfermo de salud mental al que intenta quitarse la vida o directamente se suicida y ¿qué pasa con aquel sujeto que provoca estas condiciones de soledad, aislamiento, angustia y ganas de no seguir viviendo, en otro ser humano?

Tal vez una primera tarea ética del mundo académico, profesional, es relevar/visibilizar el tema y no bajar el perfil.  La invitación y el mensaje de hoy es hacer visible lo invisible de lo cotidiano, que sigue siendo la naturalización de situaciones de violencia que a la larga terminan en actos de suicidio, femicidio, homicidio; en un tiempo y espacios que están a la vuelta de la esquina. Se necesitan vidas más sanas en las familias y los colegios; relaciones más nutritivas que fortalezcan y no destruyan la salud mental de nuestros niños, jóvenes, prácticas no abusivas o indiferentes, sea con adultos mayores, mujeres y hombres de nuestras comunidades.

No queremos más jóvenes, más adultos mayores, más adultos jóvenes suicidados, por eso saludo este espacio, que sin duda nos permite una forma de expresión académica y profesional para avanzar cada día en una tarea de apoyo conducente a una mejor vida y una mejor convivencia entre los seres humanos. Tal vez sino el único, sea un camino posible.

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