A un año del terremoto y maremoto que afectó al centro y sur del país el 27 de febrero, quisiera detenerme en dos temas que considero clave en el proceso de reconstrucción.

Lo primero es destacar y valorar la capacidad de nuestros compatriotas para levantarse a pesar de la tragedia que cambió el rumbo de sus vidas. Nos admira la fortaleza y templanza de hombres y mujeres que perdieron a algún familiar, además de sus casas, sus barrios y sus fuentes de trabajo… pero han demostrado tener una capacidad de resiliencia admirable. A pesar del agotamiento los hemos visto levantarse para limpiar los escombros e iniciar una nueva etapa en sus vidas; organizando ollas comunes, coordinando el trabajo con los voluntarios y alzando la voz para hacer oír sus necesidades más urgentes.

Nos conmueve ver cómo han sido capaces de dejar de lado el individualismo para ayudar al otro, para escuchar al otro, para ponerse en el lugar del otro con empatía, generosidad y solidaridad.

También nos enorgullece ver cómo han nacido verdaderos líderes en las aldeas, quienes se encargan de ordenar la vida en comunidad, de relacionarse con las autoridades y de apoyar el trabajo social de instituciones como el Hogar de Cristo a través de los 21 centros comunitarios que levantamos en 20 localidades y 52 aldeas de las regiones del Maule y Biobío, donde acogemos diariamente a más de 3 mil personas.

Gracias a la confianza de los dirigentes y de los vecinos de estas comunidades, hemos podido aportar al proceso de reconstrucción apoyando y empoderando a las familias más vulnerables, ayudándolos a recuperar la confianza, restableciendo sus relaciones y sus redes, ofreciéndoles herramientas para que poco a poco puedan retomar sus vidas.

Este programa de gestión comunitaria no habría sido posible sin el trabajo en red que hemos desarrollado con los dirigentes y miembros de la comunidad, el Gobierno y las autoridades locales, distintas ONGs y los voluntarios. Estos últimos han demostrado ser el motor de la reconstrucción, capaces de movilizarse ante la catástrofe, inyectando la fuerza y la energía tan necesarias en momentos de desolación.

Los primeros días post terremoto vimos cómo miles de jóvenes se pusieron distintas camisetas y partieron a la zona del desastre junto a profesionales y fundaciones sociales a levantar mediaguas, a coordinar la entrega de ayuda, a organizar el trabajo con los niños o simplemente a entregar alegría y esperanza. Muchos de ellos se quedaron en la zona, como es el caso de Luis, Violeta o Cristián, voluntarios del Hogar de Cristo de la VII Región, quienes nos han ayudado a recuperar el capital social de las familias damnificadas. Durante un año los vimos recorriendo las caletas, los campamentos y las aldeas, ayudando a forrar las mediaguas, a instalar cocinas a leña y a levantar los centros comunitarios donde operan programas de reforzamiento escolar, acompañamiento y apoyo psicosocial dirigidos a niños, jóvenes, adultos mayores y mujeres jefas de hogar.

El trabajo comunitario es y debe ser el eje de la reconstrucción. El terremoto destruyó los sueños de miles de chilenos, pero dejó en pie un país tremendamente solidario, capaz de sobreponerse a la adversidad y de “ser y hacer comunidad”, como siempre lo soñó San Alberto Hurtado.

Por Verónica Monroy, Directora Social Nacional del Hogar de Cristo

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