Tradicionalmente se ha pensado que las emociones y la razón son polos opuestos. Sin embargo, este es un concepto anticuado que se ve superado por lo que hoy en día se conoce como inteligencia emocional, el equilibrio entre nuestro lado emocional y el racional.

Ya desde los años 20 y 30 se hablaba de “inteligencia social” para referirse a esa lucha entre los impulsos y el razonamiento. A mediados del siglo XX hubo muchos estudios centrados en la “fortaleza emocional”, pero el concepto de inteligencia emocional se empezó a conocer y desarrollar principalmente gracias al trabajo de Daniel Coleman titulado explícitamente Inteligencia Emocional.

Desde la publicación de ese libro en 1995 se ha concretado mucho más qué se entiende por inteligencia emocional y cómo nos puede ayudar en nuestro día a día. A menudo se piensa que es un concepto relacionado con sectores muy específicos, aunque esto no es del todo cierto.

Es muy común oír hablar de ella en el mundo del póker, donde gran parte de su estrategia se basa en el control de las emociones, la toma de decisiones y la anticipación a las reacciones de los adversarios, características relacionadas de manera muy estrecha con la inteligencia emocional. También se ha hablado mucho de cómo este tipo de inteligencia nos puede ayudar en el mundo de los negocios o simplemente a alcanzar el éxito profesional. Pero lo cierto es que la gran mayoría de los fundamentos alrededor de los que gira la inteligencia emocional no sólo nos son de ayuda en el ámbito profesional sino también en el personal.

La inteligencia emocional se basa en el autoconocimiento. El control de las emociones no debe confundirse con la supresión de las mismas, sino que debemos aprender a conocernos para saber cómo actuar mejor en cada situación. No se trata de ignorar nuestros impulsos y afectos, sino de utilizar nuestra emoción en nuestro beneficio. El conocimiento nos ayudará a evitar tomar decisiones de las que luego nos podemos arrepentir.

Hay cierta confusión respecto a la inteligencia emocional puesto que a veces se tiene la idea de que tenemos que comportarnos prácticamente como si fuéramos robots. Es todo lo contrario. La inteligencia emocional da más importancia a las emociones que a la razón; la razón es una herramienta para reaccionar de la mejor manera ante nuestras emociones.

Conceptos como la empatía, el aprendizaje o abrir la mente, son parte fundamental de la inteligencia emocional. Reconocer nuestras emociones es el primer paso para saber expresarlas en su justa medida, de la mejor manera para sacar lo mejor de nosotros mismos y de los demás. Conocernos a nosotros mismos también nos ayudará a saber ponernos en el lugar del otro y a establecer así relaciones más fluidas y sólidas.

Sonríe al mundo y éste te sonreirá de vuelta. Este tipo de premisas son típicas de los talleres en los que se enseña a desarrollar la inteligencia emocional, pero esto no quiere decir que estemos obligados a ser felices. Si no encontramos un motivo para sonreír, lo más inteligente es buscar en nosotros mismos por qué eso es así y actuar para cambiar la situación. Una persona con una alta inteligencia emocional no esconde los errores o las emociones negativas, sino que los asume y aprende a gestionarlos para tengan el menor impacto posible.

Es por estos motivos que la inteligencia emocional se ha estado trabajando de manera muy activa en el ámbito laboral. Ser una persona inteligente emocionalmente hará que tomemos mejores decisiones, trabajemos mejor en equipo, tengamos menos estrés y tengamos más confianza en nosotros mismos. Todo esto hará que seamos mucho más eficientes y efectivos en nuestro trabajo, pero si sabemos trasladarlo de manera adecuada al ámbito privado, hará que nuestras relaciones sentimentales o sociales sean también mejores y que, en definitiva, seamos más felices.

 

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