La autora de esta columna, especialista en Educación Diferencial, dice que la rehabilitación física a la que apunta la Teletón no es suficiente para integrar a los discapacitados. Y se pregunta: “¿Qué sucede con las personas rehabilitadas una vez que fueron dados de alta de la Teletón? ¿Qué sucede con quienes poseen otras limitaciones, como las cognitivas, sensoriales o psiquiátricas? ¿Qué expectativas pueden tener los alumnos de las escuelas especiales, atendidos por horas en Teletón, una vez terminada su escolaridad a los 24 años? ¿Quiénes están atentos al devenir de alumnos que fueron integrados al sistema regular de educación? ¿Cuál es la política pública que se ocupa de reinsertar a dichas personas en edades de estudio o trabajo?”

“La discapacidad no debería ser un obstáculo para el éxito. Yo mismo he sufrido una neuropatía motora durante prácticamente la totalidad de mi vida adulta, y no por ello he dejado de desarrollar una destacada carrera profesional como astrofísico y de tener una feliz vida familiar”.
Stephen W. Hawking

Cuántas personas del orbe pudiesen acercarse a la expresión de este genial astrofísico. Y no estoy hablando particularmente de su excepcional capacidad como científico, sino de la posibilidad de desarrollo personal, asumiendo que UNA CONDICIÓN DETERMINADA, como lo es la discapacidad, no es impedimento para alcanzar la “felicidad y el éxito”. Stephen Hawking demostró al mundo que a pesar de su condición extremadamente grave y progresivamente discapacitante consiguió ser el astrofísico más reconocido en el siglo precedente, gracias al apoyo externo dispuesto oportunamente y a los medios tecnológicos adecuados a sus necesidades singulares.

Lejos estamos en Chile de esa realidad. Basta con decir que la mayoría de los niños y jóvenes con discapacidad, de cualquier tipo y grado, no tienen las posibilidades de atención médica experta y apropiada, de integración real al estudio en todos los niveles de enseñanza, de oportunidades en la capacitación adecuada para desempeñarse en el mundo laboral, de la expresión libre como ciudadano e incluso de una vida cotidiana sin atropellos a su dignidad como personas. En esta odiosa pero necesaria comparación, la pregunta es obvia: ¿Cuál es la razón que diferencia una vida de otra?

Si analizamos el tema desde una perspectiva global, sin dejar de centrarnos en los sujetos, el problema no es la discapacidad en sí misma, sino las dificultades e inequidades construidas en el mundo de los llamados “normales”, salvo en excepcionales comunidades. Basta con observar el entorno físico y social, en que todo está dispuesto para que las personas en apariencia sin limitaciones puedan actuar, movilizarse, crecer, decidir, negociar con sus competencias personales y el medio; seres autónomos ante las relativas libertades que se permite en las ajustadas normas socioculturales de una comunidad específica. En ese contexto se plasma la más pura y desalentadora discriminación hacia las personas con discapacidad que no “calzan” y/o “ajustan” a la organización tradicional como constructo social predominante.

Como no tienen cabida, como no tienen lugar ni son parte de la cotidianeidad social, es que nuestra sociedad ha invertido en un gran espectáculo, ha creado un perdón, una catarsis colectiva que sana de toda culpa la indiferencia que se tiene frente a las personas con discapacidad por el resto del año, cuando los chilenos dejan de “ponerse una mano en el corazón y otra en el bolsillo” para ayudar al “minusválido”.

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