Por: Luis Edo. Marqués Silva de Balboa

Una masacre de las dimensiones como la sucedida en Méjico nos hace reflexionar profundamente y mirar a nuestro alrededor.
Nada nuevo bajo el sol, esto, lo sucedido en una corrupta y podrida sociedad no es privilegio de un pueblo paupérrimo, ignorante o desposeído de virtudes que al espíritu trae la cultura y la civilización. La historia de los reinos, como Enrique V de Inglaterra, o en Francia y la Europa entera, están plagadas de sangre y de los más crueles crímenes nunca conocidos en lo que de la humanidad sabemos, incluso en la vida y épocas de la Santa Iglesia, el crimen no ha estado ausente, tan reciente como Su Santidad Juan Pablo I, quien duró poco en el trono dorado vestido de pulcro blanco.
En los Estados Unidos estas cosas están a cargo de desequilibrados mentales, no de desquiciados sociales, como es el caso en Méjico.
Hoy la nación azteca queda al nivel de la Nigeria donde raptan y matan muchachas y en Iguala lo hizo con muchachos estudiantes. Los amontonaron en un basural, los mataron y los quemaron para que rastro alguno quedara inserto en el espacio, pero quedó en el alma de una nación completa que hoy mira con estupor lo que saben es normal y cotidiano. Las élites fétidas de complacencia no les quedan otra cosa que mostrar acción sin compasión y ya a ellos nadie les cree, ni siquiera los dolientes padres que fuera de ser pobres y empobrecidos solo claman por la quimera de la justicia de los mismos que por siglos los han condenado.
Todo este distante salvajismo no permite mirar lejos para espantarnos.
Sin embargo, aquí muy cerca nuestro hemos tenido sucesos gravitantes a la conciencia muy nuestra.
Hace algunos años, para muchos lejanos, para otros como si fuese ayer, en los alrededores del puente llamado La Calchona, al ingreso norte de la ciudad de Talca se produjo uno de los más ignominiosos crímenes contra una bonita y joven madre. Ella caminaba, según reza en el expediente, hacia su hogar cuando fue interceptada por un grupo de muy sonrientes muchachos quienes junto al rugir del motor de la camioneta que los conducía, decidieron con propiedad absoluta entretenerse con la joven madre. Al interceptarla quisieron subirla a la camioneta para abusar en grupo, como todo cobarde, y hacer de ella una fácil fuente de placer y descaro. Ellos eran dueños de todo, sus padres les daban todo y sin mayor esfuerzo poseen los privilegios que el dinero otorga sin límites. El hedonismo condenable, lo libidinoso y la prepotencia del tipo vacío que mezcla en permanente cocktail sus intenciones con la estupidez, no aceptaron el rechazo de la joven y dulce señorita que pensaba tenía esa libertad, cuando a esos degenerados nada nunca se les ha negado.
Nada fue más fácil que forzarla y ante la débil fiera que pretendió resguardar la soberanía sobre el cuerpo que Dios le dio, optaron por ultrajarla y matarla cruelmente, pero no bastó con matarla, como reza el fausto expediente, sino uno de ellos tomó una afilada cortapluma, la puso en su muerta yacente vagina y la abrió hasta el cuello !
¿ De qué está hecho un ser humano que es capaz de hacer tal cosa?
El alcohol y la droga fueron unos fieles cómplices, pero nunca justificativos, sino agravantes de la crueldad sin límite.
Junto con el amanecer la obscuridad de esas almas continuó y nunca esa valentía de matar se expresó en la valentía de confrontar. Muy el contrario, se inició una tejida estrategia para ocultar lo sucedido, se usó dinero, viajes, preparativos, se buscaron otros posibles actores y se metieron a la cárcel a un grupo de pobres muchachos que defendidos en tribunales fueron declarados inocentes sin que ningún Juez pestañara.
Profesionales de las comunicaciones, como el periodista Daniel Ortíz Alfaro, de las leyes como Roberto Celedón, abogado de los inocentes, dieron prueba de la blancura y lograron esclarecer gran parte de la verdad, pero no de la verdad completa.
Se ha dicho de todo, y lo han disco todos, hay tantos que se ufanan de saber quiénes fueron, hijos de quién, sobrinos de aquellos, en suma “ todo Talca lo sabe “ pero jamás la justicia logró encontrar culpable alguno.
Esto está situado en la conciencia de la comunidad y de una sociedad moralmente descompuesta hasta nuestros días.
Si Méjico logra llevar a la justicia a estos salvajes, la justicia en Talca no lo hizo, todo en lo formal prescribió, la conciencia colectiva nunca prescribe.
Antes, entonces, que suspiremos admirados y horrorizados por lejanos crímenes, aprovechemos la emoción para considerar nuestra realidad, y cada vez que crucemos el Puente La Calchona a la entrada de Talca, recordemos que todos tenemos una cuenta pendiente, aquí, donde vivimos todos los días, y que los autores, hoy seguramente padres de familia, andan sueltos como empresarios o profesionales, admirados por muchos, talvez son jaguares del nuevo Chile, y su crimen yace en el lugar donde esa noche lo dejaron, con la sangre y los gritos de una inocente joven madre.

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