El pasado mayo arrancó con un fenómeno y una anécdota. El fenómeno fue How old do I look (Qué edad represento), una aplicación de Microsoft capaz de escanear los rostros de cualquier foto y, en función de sus rasgos, calcular la edad de los retratados. Durante un fin de semana el artefacto gozó de una popularidad casi enfermiza. Millones de usuarios de todo el mundo subieron sus fotos y compartieron los resultados en redes sociales hasta hacer de #HowOld un pegajoso trending topic. Televisiones y webs de medio mundo escanearon fotos de famosos, de Helen Mirren a Barack Obama, y publicaron los datos.

Lo otro, la anécdota, la protagonizó Elon Musk, el único empresario-visionario de Silicon Valley más excéntrico y respetado que Mark Zuckerberg. Su mayor miedo, se supo, es que Google cree un ejército de robots asesinos por accidente. El pasado enero, Musk había donado diez de sus muchos millones de dólares a una institución para prevenir la existencia de estos robots. Pero esto no evitó que el asunto resonara entre el público. A la declaración le pasó lo que al invento de Microsoft, que acabó entre lo más compartido del mes en redes sociales. Y así, nada más nacer, mayo ya estaba ahondando en la obsesión menos verbalizada y más inquebrantable de nuestros tiempos: la inteligencia artificial.

El concepto, viejo como la Grecia clásica, no ha cambiado mucho desde que se empezó a popularizar en los años cincuenta del siglo pasado: sistemas computacionales capaces de realizar tareas históricamente reservadas para la inteligencia y la percepción humanas. Pero en los últimos años se ha colado por derecho propio en lo alto del zeitgeist tecnológico y cultural. Los interfaces que entienden y obedecen nuestras voces en los smartphones están basados en ella. Como lo está la función de autocompletar las búsquedas de Google, que adivina lo que necesitamos de la Red antes de que se lo pidamos.

Y las recomendaciones de Amazon, que saben lo que nos va a gustar aunque nosotros no lo conozcamos. Y nuestros muros de Facebook, que aprenden con cada «me gusta» y cada clic lo que nos interesa. Y eso ciñéndonos a lo conocido: los proyectos relacionados con inteligencia artificial han movido casi 20.000 millones de dólares (unos 18.000 millones de euros) desde 2009. El Pentágono está desarrollando balas que cambian de rumbo en el aire y robots que puedan andar, abrir puertas, subir escaleras, conducir y, en fin, ahorrarle al ser humano cuantas situaciones peligrosas pueda. Los coches autónomos de Tesla y Google ya se ven en California transportando personas que ni tocan el volante. Los drones libran las guerras americanas y el año pasado la empresa japonesa Deep Knowledge contrató a ROBOT, un cerebro artificial, como miembro directivo por su talento para predecir el mercado mejor que los humanos.

Watson, el robot de IBM que en 2011 acertó todas las adivinanzas del concurso televisivo Jeopardy!, se dedica ahora a la medicina, usando sus increíbles procesadores para diagnosticar enfermedades (por ahora se limita a la teoría), y en una guardería aledaña a la Universidad de California, en San Diego, hay otro capaz de jugar con niños porque reconoce las emociones que transmiten sus gestos. El consenso es claro: este es el mundo al que nos encaminamos. “Mi opinión es que la inteligencia artificial nos está dominando”, confirma Sebastian Thrun, uno de los principales responsables del coche autónomo de Google. “Cada vez habrá menos humanos a cargo de cosas”. Sólo hay otra cosa que todo el mundo tiene clara: nadie sabe cómo será este futuro exactamente.

La tormenta tecnológica perfecta

Si esta edad dorada no ha llegado antes, con lo longevo que es el concepto, es porque sus bases son relativamente jóvenes. La industria del videojuego no abarató hasta 2005 unos poderosos chipsdedicados al procesamiento masivo de gráficos, capaces de recalcular millones de píxeles varias veces por segundo. Y aún hubo que esperar a 2009 para que un equipo de investigación de Stanford se diera cuenta que estos chips valían para recrear los procesos del cerebro humano, donde una neurona habla simultáneamente con millones de sus vecinas. Los algoritmos que se usan ahora beben del retoquedeep learning que se diseñó en la Universidad de Toronto en 2006. Y entonces no existía la cantidad de datos que hay hoy almacenados sobre cualquier materia y que llamamos big data: es lo que un cerebro artificial entiende y, quizá, interpreta.

Elon Musk, padrino del coche autónomo, teme el uso que pueda hacer Google de los robots. / GETTY

La tormenta es tan perfecta que ahora los agoreros que siempre han temido el poder de las máquinas ya no se desahogan en novelas de ciencia ficción sino en ensayos y charlas. El apocalipsis ya no seráTerminator sino un coche sin conductor que se detenga en mitad de una autopista por un fallo desoftware y que genere cientos de heridos. Una carrera armamentística por desarrollar el dron más letal. O, sencillamente, un robot superinteligente programado para acabar con el cáncer que razone que lo más fácil es acabar con los humanos genéticamente propensos a contraerlo.

En enero de este año, Bill Gates alertó durante una entrevista: “No entiendo por qué no hay más gente preocupada por esta cuestión: la inteligencia artificial es una amenaza real”. Un mes antes, Stephen Hawking había insistido en que esta tendencia “podría ser el final de la raza humana: los robots podrían empezar a rediseñarse a sí mismos a una velocidad a la que nosotros, los humanos, no podríamos competir”. Es algo parecido a lo que opina James Barrat, autor de Our final invention: Artificial intelligence and the end of the human era (Nuestro invento final: La inteligencia artificial y el fin de la era humana): “No dirigimos el futuro porque seamos las criaturas más fuertes del planetas, sino porque somos las más listas. Con lo cual, en cuanto haya algo más inteligente que nosotros, nos dominará”, escribe en un correo electrónico.

Su libro plantea la esperada verdadera inteligencia artificial, una réplica de la humana que llegará tarde o temprano, seguramente antes de que acabe el siglo. Una que irá, lógicamete, ampliando sus objetivos, cultivando ideas propias y madurando el concepto de la autoconservación hasta que incluya “ataques proactivos contra amenazas futuras”. Es tan difícil imaginar la forma que tendrá esta tecnología que resulta imposible sentirse preparado. “¿Puede nadar un submarino? Sí, pero no como un pez. ¿Y vuela un avión? Sí, pero no como un pájaro”, prosigue Barrat. “La inteligencia artificial venidera no será como nosotros. Será una versión intelectual definitiva de nosotros”.

Retraso artificial

Hay un factor con el que Barrat no cuenta y que Hector Levesque sí: los ordenadores de hoy son francamente estúpidos. Un smartphone puede descodificar las vibraciones que produce nuestra voz en el aire, trocearlas, asignar letras y sílabas a cada fonema y formar palabras y frases a las que responder en función de lo que le chiva una creciente base de datos. Pero no sabe si una rata puede leer. Delegará esa pregunta a Google, que en todo caso devolverá resultados con las palabras ratas y leer. Pero no puede hacer el razonamiento básico de que la inteliencia de un roedor no da para leer.

Levesque, profesor emérito de la universidad de Toronto, ha diseñado una forma de medir la verdadera capacidad intelectual de un robot: hacerle preguntas de lógica imposibles para una máquina que no entiende de lógica. Por ejemplo, “Joan le agradeció a Susan toda la ayuda que le había prestado. ¿Quién prestó la ayuda, Joan o Susan?”. Google no puede responder eso. Ese es el fantasma que le falta a la máquina, según Levesque. El sentido común. “Es triste que muchas de las investigaciones sobre inteligencia artificial que se hacen estos días se conforman con sistemas que solo lean cantidades masivas de datos, sin sentido alguno”, nos comenta Levesque. “Estos son los sistemas que deberían asustarnos. Los que tienen autonomía sin sentido común”.

“Si miras el volumen de personas que murieron ahogadas en una piscina cada año y el número de películas que protagonizó Nicolas Cage ese mismo año, verás que la gráfica es idéntica”, explica Klaas Bolihoefer, alemán especializado en analizar big data, en el comedor de una universidad de Zurich. “También hay una correlación entre el consumo de queso anual per capita y el número de gente que muere enredada en sus propias sábanas año tras año. ¿Significan algo estas casualidades? No lo sabemos. Tenemos los datos pero no su sentido, que probablemente en estos casos no exista. Pero eso es exactamente lo que pasa por una mente artificial ahora mismo. Sufren apofenia: conectan patrones entre datos sin saber qué les aporta. Ese es el verdadero estado de la inteligencia artificial hoy en día”.

¿Por qué entonces parece que se habla más que nunca, se invierte más que nunca y se predice más que sobre la inteligencia artificial? Quizá porque así ha sido siempre. Basta con ver otra gráfica: la que muestra nuestro interés por el tema a lo largo de los años. La conforman picos entusiastas, llenos de fantásticas posibilidades incumplidas (The New York Times anunció en 1958 que el Ejército pensaba dedicar 100.000 dólares (91.000 euros) a construir una “máquina pensante” para el año siguiente: nunca pasó). Entre medias, hay profundas depresiones, tan frecuentes que tienen su propio nombre: A.I. winters. El más famoso ocurrió entre 1974 y 1980 y terminó cuando varias empresas invirtieron miles de millones en un nuevo software capaz de crear expertos para empresas. La falta de resultados provocó otra racha de desinterés entre 1987 y 1993.

Y así seguimos hoy. Atrapados entre la fascinación por la idea y la desesperación con lo lento que es en realidad el progreso. Entre los robots asesinos que un día creará Google y una aplicación básica que calcula edades en fotos. Ahí vive el verdadero combustible de los robots: la imaginación humana.

Fuente: ElPaís

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