Primer día de clases y me levanto para un día importante. El reencuentro y un año más de estudios, las vacaciones ya eran aburridas. Mi abuela tiene el baño caliente, la leche en el velador y la ropa lista. Los zapatos están tiesos y perfectamente negros, la ropa tiene ese olor a naftalina como si permanecieran aún en la tienda y la mochila con todos mis útiles esperan ansiosos salir a relucir lo último que la lleva. El llamado de mis padres es un clásico a las 8:00 de la mañana, antes de salir para desearme éxito en este año escolar.
En Talca no hay caos como en Santiago ni mucho menos culpamos los atrasos por el medio de transporte. Son 15 minutos a cualquier lado y eso se agradece sobre todo cuando recién debo acostumbrarme a un nuevo horario.
Voy ansiosa, porque veré a mis compañeros nuevos, volveré a compartir momentos agradables y quizás encuentre el amor con algún chico nuevo que vea en los pasillos. Escucho el timbre a una cuadra del colegio y voy corriendo para no perderme el único acto del año que se hace en el patio central donde nos dan la bienvenida; la que escuchamos a media porque por fin veo a mis mejores amigas en la fila y obvio, nos ponemos al día.
Hemos hecho buenas migas, somos cuatro en un grupo que se puso un nombre peculiar, pero que no vale la pena mencionarlo. Para todos lados juntas, sólo nos separábamos en los electivos de inglés y educación física porque nos agrupaban por niveles, para todo lo demás, resistiendo apatotadas. En la sala de clases, nadie nos calla, pero estamos al lado de la mesa del profesor para entender la materia.
El recreo de las 9 viene acompañado de una rosca de la tía del kiosko rojo, esas que son más azúcar que masa y una hora después llegan puntuales las tortillas con ave mayo que dejamos encargadas porque vuelan!! ese ritual es en la cancha de tenis o más conocido como el «patio de los caga´os» porque nadie iba a pedirte.
Nunca parábamos de comer, para las 12 era un paquete de papas fritas y a las 13:15 hora de almuerzo, al que nos íbamos con un cigarro bien fumado y conversado.
Mis amigas. Con quienes observábamos la carne nueva para ir de caza. Con quienes nos escondíamos detrás de un sauce al lado del puente para no terminar de correr la milla. Con quienes después de educación física nos fumábamos un cigarro en las duchas porque el vapor no dejaba rastro de olor. Con quienes dejábamos todo por ganar los aniversarios. Con quienes disfrutábamos de las tardes de clases deportivas viendo a nuestros compañeros hacer step con la profe Sofía. Con quienes nos comprábamos ropa nueva para ir a la esperada fiesta de los socios y de bienvenida. Con quienes nos juntábamos a hacer la previa con vino blanco y jugo de piña en lugares poco apropiados y bien riesgosos. Con quienes lloramos por penas de amor, que fueron muchas. Con quienes estudiábamos, o tratábamos entre tanta conversa. Con quienes tomábamos sol para recibir la primavera con un bronceado fascinante. Con quienes organizamos salidas a discos y en auto sin licencia. Con quienes hacíamos dieta y tomábamos agua para mantenernos estupendas. Con quienes crecí y viví momentos inolvidables.
Volvería feliz al colegio, a revivir todos esos momentos donde lo único que había que hacer era estudiar y un poco no más. Volvería al colegio para tener ese peso ideal, donde nos prepararon para la vida, donde conocí a a mis mejores amigas, Dafne, Claudia y Karen con quienes nos seguimos juntando y riendo y sobre todo volvería porque allí encontré al amor de mi vida.

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