Por:  Rodrigo Quintana

Cien años atrás, Chile vivía en tensión social.

Existían grandes obras públicas por doquier, una economía de materias primas abierta al mundo y una casta adinerada que no pagaba impuestos. El sistema electoral dejaba mucho que desear y los grupos populares vivían en miserable condición.

Crónicas conservadoras, hablan del “pesimismo” con miras al centenario. El terremoto de Valparaíso en 1906 dejó en claro el verdadero Chile.

Somos hoy la generación chilena del bicentenario y vemos cómo la cuestión social sigue en deuda. Ni la salud, educación o la industria son prioridad de Estado, se apela hoy sólo a un “relato” y con ese fruto ligero, se contentan muchos.

Lo que necesitamos, si queremos recuperar anhelos en nuestra gente, es una utopia de siglo XXI que unifique nuestro trabajo. Valentín Letelier fue tras una y estuvo años en Alemania estudiando su modelo educacional, gracias a lo cual hasta hoy se recuerda con bastante nostalgia el Chile poblado de liceos de calidad en regiones hasta 1980.

Basta ponderar qué país queremos ser para los próximos 20 años. Al ritmo actual, podríamos ser un Portugal, de bajo indicador igualitario de Europa, o en el mejor esfuerzo, mirar hacia los países nórdicos.

Suecia, es hoy una nación justa no gracias a revoluciones armadas de derecha. Nuestra utopía, aunque los ortodoxos del modelo chileno se rían, debería ser acercarnos a lo que ese país logró.

Hace un siglo en Suecia la pobreza, la miseria y la enfermedad eran lo común. Hoy exhibe un bienestar basado en la igualdad, empleo, servicios sociales eficientes y una mínima distancia entre ricos y pobres. El exitoso crecimiento económico social sueco, surgió de un acuerdo nacional en que todos cedieron, sobre todo los poderosos.

Antes de 1938, los enfrentamientos en ese país, obligaron al Estado a amenazar con su autoridad para poner orden en el mercado. Empresarios y trabajadores, temiendo perder poder frente a éste, consideraron que era mejor llegar a un pacto.

A diferencia del resto de Europa, donde se nacionalizaba la industria y cundía el estatismo totalitario, las negociaciones de dos años de los suecos llegaron a buen puerto y surgió el “Acuerdo de Saltsjöbaden”.

Esta convención generó varios aspectos positivos:

Los sindicatos deben avisar por adelantado cualquier movilización, dando tiempo para negociar, lo que ayuda a la estabilidad y la planificación económica.

Se generó un “Fondo de Reserva de Inversiones” donde las empresas, pueden invertir hasta la mitad de sus beneficios en éste antes de ser sometidos a impuestos. El gobierno, usa ese capital para estabilizar fluctuaciones del mercado.

Se instauraron medidas para bajar los impuestos a las empresas bajo la lógica “empresas millonarias, pero no individuos súper acaudalados”.

Creación de procesos consultivos, llamados Remiss, que constituyen comisiones investigadoras cuando una amenaza se cierne sobre la economía. La recomendación de éstas es resultado de una decisión consensuada, con medidas en que “todos ganan algo”.

Esta forma de resolver la cuestión social, ayudó en los sesenta a desmantelar la industria naval sueca, que no podía competir con oriente.

El gobierno, lideró el reciclaje del obrero naval y construyó nuevas industrias automotrices cerca de los astilleros. Hoy Volvo vende autos a los estadounidenses.

Este acuerdo, movilizó el poder industrial sueco en tiempos de paz como sólo lo haría una dictadura. Ni la “crisis del modelo sueco”, el período “liberal” (1991-1995) o el ingreso a la UE han podido desmantelar la estabilidad.

Sabemos, que los ortodoxos del modelo chileno criticarán éste sueño hecho realidad en ese país. Sin embargo, los suecos, lo consiguieron bajo convulsión social, por ello nuestra estabilidad en Chile es un diamante por pulir.

Nuestro país ya clonó ortodoxamente en los años ochenta y los resultados están a la vista.

Hay que dejar de lado fatalismos y aspirar a una utopía. Avanzar hacia un Chile próspero y justo, pasa por un acuerdo nacional para superar las desigualdades e inequidades porque son una bomba de tiempo.

Aspiro, al menos, a elevar una utopía para mi país, en tiempos en que muchos sólo se conforman con relatos.

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