Por Eduardo Valdés

Hace un par de semanas se celebró el Día del Patrimonio Cultural en todo el país, en el cual diversos inmuebles de interés patrimonial y cultural abren sus puertas para que los visitantes conozcan sus instalaciones y se internen en los aspectos histórico e identitario locales. Quisiera aprovechar este contexto para plantear algunas reflexiones críticas acerca del estado del patrimonio en nuestra ciudad.
Ante todo, es valorable que en la ciudad se empiecen a realizar actividades que reivindiquen nuestra dimensión patrimonial como un elemento importante en la construcción de nuestra identidad. En ese sentido, saludo a las personas y organizaciones que han levantado espacios recreativos, educativos, de discusión y conocimiento sobre este ámbito. Sin embargo, me parece que es importante dar cuenta de ciertas inconsistencias entre el discurso y los hechos, al menos, de parte de los organismos municipales.
Por un lado, vemos una mirada que intenta posicionar este tema en el ámbito público, mediante la invitación a diversas organizaciones a participar, la realización de variadas actividades que permitan a nuestros coterráneos conocer lo que nos es propio. En los hechos, en cambio, es fácil notar cómo el discurso oficial ha demostrado sendas irresponsabilidades para con la conservación y protección de nuestro patrimonio histórico. Basta con mencionar la estación de trenes, los museos, las Concentradas y el mercado para darnos cuenta de que hoy, a 5 años del terremoto, la prioridad de la reconstrucción –urbana y social– de nuestra ciudad ha estado enfocada en otro lado. Mientras la inversión privada (con el apoyo de la municipalidad), levantó nuevos edificios de departamentos y espacios urbanos frescos y renovados, los edificios patrimoniales fueron convertidos en estacionamientos o, en el mejor de los casos, dejados a su suerte.
Mi intención no es hacer una crítica desde la importancia que tienen los inmuebles patrimoniales por sí solos, sino posicionar la idea de que el patrimonio es una constante construcción en la cual intervienen ideas y representaciones de un pasado común que se tensionan y se reconstruyen con las ideas y prácticas que llevamos en la actualidad. Según esta concepción, de nada nos sirve mantener intactas nuestras fachadas coloniales o nuestros edificios históricos si no es la misma ciudadanía quien utiliza y se apropia de dichos espacios. ¿Cómo podemos hacer la síntesis que
significa nuestra identidad si cada vez es más difícil mirar hacia nuestro pasado?
El problema es que en la ciudad no ha habido una preocupación por una conservación meramente estética ni tampoco por la construcción de un espacio abierto donde los talquinos podamos ejercer nuestro patrimonio cultural. Es más, la poca importancia que le ha dado la municipalidad al aspecto cultural también se ve reflejada en el completo abandono del edificio de la Biblioteca Municipal (reinaugurada recién hace cerca de un mes). En cambio, parece que el énfasis ha estado en crear espacios culturales como la Fiesta del Chancho Muerto o la Semana de la Independencia, donde el único valor que se fomenta es el comercio, la inversión y el emprendimiento. No digo que las personas no valoren este tipo de actividades, sino que apunto al hecho de cómo estas se adueñan de un discurso referido a lo nuestro y lo transforman en un panorama donde lo que más importa es ir a consumir o escuchar al artista de moda. Lo mismo ocurre hoy en el centro de la ciudad, donde las dinámicas están regidas por la ubicación de las grandes tiendas y el nuevo Portal Centro, mientras que el museo O’higginiano y las escuelas Concentradas parecen ser un lastre para
la renovación estética de la ciudad. La consecuencia de ello es, por ejemplo, que se haya tenido que presentar a nuestra juventud que nuestro patrimonio son las oficinas e instalaciones del edificio de la Corte de Apelaciones,
construido hace menos de 10 años, un lugar completamente ajeno para el ciudadano de a pie y quien tampoco podrá hacer uso libre de dicho espacio en un día cualquiera.
Es cierto que ha habido una amplia gama de actividades realizadas durante este mes en la ciudad, pero cabe preguntarse cómo luego del agitado Mes del Patrimonio, conseguimos desarrollar una política patrimonial que nos permita mirar hacia nuestro pasado y comprender qué es lo que verdaderamente constituye hoy nuestra identidad como talquinos. Y, lamentablemente, si no son los organismos institucionales los que nos brindan ese espacio de reflexión, deben ser los diversos actores sociales, las organizaciones culturales, las juntas de vecinos y las escuelas quienes
debamos abrir ese espacio para encontrarnos, discutir y disputar un discurso que parece querer
barrer con todo lo nuestro e instalarnos en una lógica donde nos identificamos más por lo que
gastamos que por de dónde venimos.
La importancia que reviste el patrimonio en la construcción de nuestra identidad, es que se convierte en pieza fundamental del necesario ejercicio de memoria de los pueblos, para comprender nuestro origen y mirar hacia el futuro valorizando lo nuestro y no cometiendo las atrocidades del pasado.

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