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A exactas 24 horas de cumplir un año de Gobierno, el Presidente de la República anunció el viernes pasado un proyecto de ley para arreglar una ley que resultó ser un verdadero fiasco, el SIPCO. Así, por obra y gracia de la casualidad, el mandatario representó ante el país lo que han sido sus primero 365 días en el poder: una mezcla de puesta en escena mediática con un desempeño errático y más bien mediocre en temas centrales para los chilenos, que esperan cada vez con menos paciencia que el slogan del “gobierno de los mejores” deje de ser una frase rutilante y se haga por fin realidad.

A un año del “cambio”, el Gobierno presenta un preocupante rechazo de 49 por ciento, lo que no es bueno ni siquiera para la Oposición. En las circunstancias que vive nuestro país tras la catástrofe del 27 de febrero del año pasado, necesitamos una Administración eficiente y cercana, pero este creciente desencanto demuestra que gran parte de los chilenos no la está pasando bien y, por ende, le entrega la factura a todo el espectro político por esta realidad que nadie quiere.

¿Dónde están los problemas? Primero, observamos una dicotomía total entre lo prometido y lo entregado. En campaña Piñera se mostró como el hombre que lideraría un cambio cualitativo, con mejores profesionales y el fin de los vicios que durante 20 años incubó la Concertación, pero en un año hemos tenido un desempeño más bien “reguleque”, con autoridades que en no pocos casos no han estado a la altura, con peleas por cuoteo entre los dos partidos gobernantes y con una impresionante manga ancha para situaciones realmente bochornosas. De este modo, los que hace poco rasgaban vestiduras por peleas por el poder, hoy se sacan los ojos.

Otro ejemplo. Cuando Tohá dejó el Congreso, desde Rn y la Udi se criticó con dureza que se alterara la voluntad popular y que no hubiera liderazgos en la Concertación capaces de asumir un ministerio. Pues bien, en menos de un año, no uno, sino que dos parlamentarios de Derecha dejaron el Senado para asumir como Secretarios de Estado. Lo que tanto criticaron, lo hicieron por partida doble y en el futuro nada quita que sea el triple o más, porque por lo menos un par de colegas quedó con ganas de cambiar de giro. Y ese doble estándar la gente lo castiga.

Además, se está sentando una forma de gobernar que no es sana, menos cuando se ha cumplido un cuarto del periodo presidencial y más que hechos y cumplimiento de promesas electorales, lo que hay es un constante “lavado de manos”, que se basa en lo que se hizo o no en gobiernos anteriores, sin entender que lo se exige de una autoridad son realizaciones, no explicaciones.

No es extraño que el peak de popularidad del Gobierno se alcanza cuando hay voluntad total y no se escatiman medios para salvar a 33 mineros y empieza a bajar cuando las promesas comienzan a esfumarse detrás de las palabras, tal como ha ocurrido con la reconstrucción. Se habló de que ningún chileno dormiría a la intemperie y miles tuvieron que hacerlo durante el invierno; se dijo que las casas comenzarían a construirse en junio pasado y a la fecha, son muy pocas las que están en pie; se pusieron reglas y después se cambiaron, tanto que sin haber recibido su nueva vivienda, miles de chilenos ya no tienen o no tendrán la calidad de damnificados. O sea, una reconstrucción por secretaría, una reconstrucción que sólo es bien evaluada por el Gobierno.

Podríamos enumerar más desaciertos, pero no viene al caso. Sólo decir que este año estuvo lejos del óptimo y que, como reconocen incluso parlamentarios de derecha, hoy esta administración tiene el problema más grave que pueda tener un Gobierno: la falta de credibilidad. Y, por favor, no le echen la culpa a la Oposición, porque a la hora de las votaciones siempre se ha impuesto la voluntad oficialista y porque –nobleza obliga- aún estamos lejos de desarrollar nuestro rol con la coordinación que el país requiere. Pero bueno, ese es parte del análisis del otro aniversario, el del primer año de la Concertación fuera del Gobierno.

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