Carta del obispo Horacio Valenzuela a la comunidad de Talca

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Muy queridos hermanos y hermanas:
1) Nos ha estado azotando uno de los peores cataclismos que recuerda nuestra historia. Sabemos que Dios no quiere el sufrimiento de su Pueblo. Prefiere sufrir Él, para expresarnos su cercanía y su consuelo. Ya lo hizo en la Cruz, allí, por el amor y el dolor nos abrió las puertas de la Eternidad.
2) Quiero expresarles mi cercanía de Pastor y mi gratitud por tantos gestos de bondad, generosidad y heroísmo regalados en estos días duros. Volvemos a dimensionar la fragilidad de nuestra existencia y a valorar lo esencial: la bondad de Dios, la vida, la familia, la fraternidad, el compartir. A través de ustedes y de tantos, nuestra Iglesia, más que nunca, ha mostrado su rostro de madre acogedora y preocupada de sus hijos.
3) Agradezco al Señor por tantas personas que se ponen al servicio de los hermanos afligidos: agentes pastorales, personal consagrado, hombres y mujeres de buena voluntad, jóvenes, voluntariados, autoridades… El dolor ha hecho germinar una fraternidad que estaba adormecida y que será cimiento de tiempos mejores, más humanos, más felices. Mil gracias, porque a pesar de estar también afectados no nos cansamos de ayudar. Redoblemos la oración para que el Señor se pueda seguir manifestando en nuestra fragilidad.

4) Quiero pedirles que sigamos demostrando la fe que nos anima y superemos la adversidad que a veces puede paralizar. Que nadie se quede en su casa. Consuelo, acogida, solidaridad, confianza, son muy importantes. “Consuelen, consuelen a mi Pueblo”, nos recuerda Isaías. Jesucristo, Buen Pastor de su Pueblo, es nuestro Consuelo y nuestra Esperanza.
5) Todos estamos sufriendo. Todos somos damnificados. La Iglesia es Madre y sufre en cada persona y en cada familia que lo ha perdido todo. Solidarizamos con quienes han perdido a un ser querido, fallecido o desaparecido. Rezamos y les expresamos nuestra cercanía. La Iglesia es el Pueblo de Dios y toda persona es templo vivo de la presencia de Dios. Hemos perdido muchas casas familiares y muchas casas de la comunidad: nuestras iglesias. Pero estamos vivos y tenemos fe, corazón, manos e inteligencia para construir. Seremos distintos después de este terremoto, seremos mejores. No ahorremos expresiones de cariño, cercanía y fraternidad entre nosotros. Es muy importante que nos acojamos, escuchemos y nos expresemos cariño y protección unos a otros.

6) Nuestra esperanza está en Dios. Su amor y su misericordia los vemos reflejados en tantas personas que se movilizan por el prójimo, y en las mismas víctimas que mantienen la fuerza y la capacidad de acogerse unos a otros. Siempre se puede. Necesitamos rezar y solidarizar, dos aspectos esenciales de nuestra fe. Salgamos a la calle, donde Jesucristo y nuestro pueblo está. No dejemos sola a nuestra gente. Mantengamos las celebraciones comunitarias donde se pueda: calles, parques, plazas son también nuestros templos. Es tiempo precioso para desplegar el espíritu misionero que nos mueve.

7) Quiero invitarlos a seguir colaborando con toda iniciativa solidaria y seamos transparencia de la bondad de Dios. Este terremoto es ocasión para ahondar nuestra conversión personal y pastoral, expresada en servicio y solidaridad.
Les saludo y bendigo en el Señor invocando la protección de la Virgen María, Madre de la Esperanza, sobre cada uno de ustedes y sus comunidades.

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